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LO PEQUEÑO Y LO DIFÍCIL

 

(En homenaje a los 50 años de vida artística de Rodolfo Varela)

“Lo pequeño es hermoso”, frase célebre del intelectual alemán Ernst Schumacher en los años setenta, podría conjugarse perfectamente con otra: “Lo difícil es hermoso”, que seguramente alguien quizás no tan conocido acuñó. Y ambas máximas vendrían a punto para sintetizar la vida de un intelectual, artista y trabajador cultural a dedicación exclusiva como lo es Rodolfo Varela, a quien hoy rendimos este necesario reconocimiento a propósito de sus 50 años de vida artística. Resumen estas frases, a mi modo de ver, dos rasgos esenciales del quehacer incansable de Rodolfo. Primero, lo pequeño, que alude al esmero por las cosas y procesos elementales, básicos, y por ello fundamentales; al cuidado por lo cotidiano, lo ordinario, lo sencillo, por aquello que pasaría inadvertido o resultaría insignificante para las actitudes movidas por lo monumental y altisonante, tentación lamentablemente muy característica de nuestros tiempos. Segundo, lo difícil, que indica la atención a las cosas y procesos complejos, el afrontamiento de lo arduo y comprometido, lo que puede ser incluso duro e incomprendido, aquello que la actitud tan generalizada tendiente a lo fácil, improvisado e inconstante consideraría poco menos que aburrido.

En el vínculo entre lo pequeño y lo difícil parece sustentarse (en los significados de alimentarse y sostenerse) esa visión, y el consecuente actuar, de Rodolfo que, asentándose en el presente, se proyecta, se adelanta, vislumbra y construye desde las potencialidades y virtualidades, con mirada atenta y escrutadora, con ánimo consagrado y exigente.

Hace aproximadamente unos 29 años arribó Rodolfo Varela a Cumaná, cargado de ganas de hacer, con su cuerpo de bailarín de treinta y tantos años, su experiencia de provincia fría tachirense, su camino de noche fría caraqueña en la incipiente danza contemporánea con Griska Holguín o Sonia Sanoja, su paso novicio por la vida y la danza de la cosmopolita y fría ciudad neoyorquina bajo el soplo del maestro, recientemente fallecido, Merce Cunningham. En fin, un hombre maduro de atesorado impulso vital y artístico forjado en la confrontación con lo diario, lo arduo y lo estético.

Llegó a Cumaná, tierra calurosa y abierta, cálida pero también despegada madre, como decía nuestro común amigo David Suárez (“Mala madre” decía David para, en analogía con la planta, expresar el sentido de una ciudad que te suelta, te echa). Cumaná, siempre telúrica (he allí sus continuos temblores), de vientos que entran y salen, aún provinciana, con sus noches amplias y profundas, con el aliento todavía trasnochado de mar y bar. Y Rodolfo, con sus quizás aún febriles huellas vanguardistas o posvanguardistas en las artes plásticas, escénicas, dancísticas, llegando aquí. Ricas y aparentemente contradictorias realidades que constituyen la médula de un alma.

Instalado en esta “tierra de gracia” (muchas veces de desgracia), pese a todos los contratiempos y obstáculos, Rodolfo pudo levantar, con su perseverante y desprendida iniciativa, un conglomerado de entidades, muchas veces no del todo bien tratadas, especialmente por las instancias del poder estatal, en lo que no me voy a detener pues muchos de ustedes conocen de ello bastante bien. Allí están entes activos, la mayoría: la Escuela Descentralizada de Danza Contemporánea, Fundadanza, el Festival Sucrentino de Danza, el Consejo Regional de la Danza, entre otros.

No cabe duda, más allá de cualquier diferencia gerencial, laboral o estética con Rodolfo, que su denodada labor ha incrementado y enriquecido de modo relevante la vida artística de la ciudad y de la entidad estadal. Sin su ejercicio permanente en la construcción de realidades culturales, la danza contemporánea, por ejemplo, no habría tenido el lugar que hoy tiene entre nosotros; más aun, la danza toda como expresión –sea folklórica, clásica o nacionalista– no habría logrado la presencia alcanzada.

Creo hablar con propiedad de todas estas cosas porque fui protagonista, testigo o acompañante, de alguna manera, de varias de sus iniciativas o empeños. A partir de mi actividad de promotor y difusor cultural, particularmente en literatura y cine, compartí con Rodolfo, bien desde la Dirección de Cultura de la Gobernación del estado Sucre, desde mi responsabilidad en la Casa Ramos Sucre o en el Cineclub Ocho y Medio, o por iniciativa personal, sus proyectos, sus propuestas, sus luchas, sus decepciones, sus logros. Alguien –no creo que sea yo– escribirá la historia tortuosa de todas las tentativas, críticas, proposiciones, etc., elaboradas, discutidas y presentadas (aunque generalmente ignoradas) a la institucionalidad cultural oficial o privada durante las décadas de los 80 y 90. Y ahí siempre estuvo, en primera línea, Rodolfo Varela.

Y a propósito, no puedo dejar de referir la última experiencia de gestión cultural compartida con Rodolfo, de la cual fue uno de sus más tenaces propulsores. Me refiero al proyecto del Centro Cultural Cumaná, que impulsamos desde mediados de los 90 a través de la fundación Proartes. El anhelo de un Complejo Cultural para Cumaná, que había venido incubándose a lo largo de años, tomó forma, por el concurso de varias individualidades y organizaciones culturales de la ciudad, en aquel proyecto para ser erigido en los terrenos del viejo Cine Paramount y que fuera impulsado con mucha dedicación y temple por hombres como Rodolfo, José Luis Figueroa, Elizabeth Hernández y Aníbal Tobón, entre otros. Fueron años de mucho esfuerzo, de dificultades de todo tipo, de perfidias e ingratitudes, que terminaron en la usurpación: la verdad sea dicha. El sueño no pudo lograrse como había sido concebido; algo queda de él en lo que conocemos como Teatro Luis Mariano Rivera.

Pero ya refería el tesón y el compromiso cultural intrínseco a Rodolfo Varela; así, recuperado de aquel duro golpe bajo, se ha embarcado desde hace unos tres o dos años en la consecución del espacio del desaparecido Cine Pichincha para la edificación del Teatro Municipal. Ojalá pueda alcanzarse plenamente ese otro sueño suyo, por el bien de la ciudad, de todos, respetando los criterios de profesionalidad, pluralidad, calidad, amplitud, que sabemos rigen los propósitos y la acción de Rodolfo, y que deberían caracterizar a toda labor cultural seria y responsable.

Finalmente, una consideración que estimo relevante expresar en esta sucinta y ligera revisión de la figura y obra de Rodolfo: su condición de ser integral. (Esta palabra, por cierto, estuvo en el origen de su enlace con la ciudad; recuerdo: “Taller de Danza Integral”. Valga el paréntesis). Me refiero a ese complejo carácter, casi en extinción, que le permite reu­nir en su persona conocimientos, competencias y habilidades diversas que se complemen­tan. Enumero: bailarín (no tuvimos oportunidad de verlo en sus inicios, pero sí por medio de fotografías de aquella época, y luego en espectáculos unipersonales o colectivos hasta hace pocos años); creador, tanto en la danza (he allí sus coreografías), en la artes vi­suales y escénicas (es decir, sus performances, instalaciones, collages, etc.) y en la literatura (están sus poemas y otros escritos creativos); docente, o mejor, educador; promotor, gerente y administrador cultural. De estas últimas son patente demostración las consolidadas Escuela de Danza Contemporánea y Fundadanza.

Su talante de hombre reflexivo y apasionado, tolerante y crítico, amplio y justo, humilde y digno, ha hecho de Rodolfo Varela, desde mi óptica, lo digo sin ningún propósito adulatorio, uno de los protagonistas de la cultura contemporánea en esta tierra de realidades duras y difíciles. Es justo que como cumaneses y sucrenses reconozcamos sus valiosas y generosas contribuciones para hacer más vivible y trascendente nuestra vida.

Con mi amistad de siempre, gracias, Rodolfo.

José Malavé

3 de septiembre de 2009

Museo Gran Mariscal de Ayacucho - Cumaná

 

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